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Resonar o Desaparecer


 Es curioso ver cómo se mueve el arte contemporáneo. A priori pensaríamos que es una cosa que ya funciona per se, pero realmente es más complejo de lo que parece. No se trata de que solo que las obras vayan de aquí para allá y puedan ver un Picasso en Pekín; sabéis por dónde voy. Lo simbólico, lo económico, y hasta lo existencial, van transformando cómo interpretamos estos asuntos artísticos.

Cuando te pones a analizar cómo circula la cultura, ves algo, que cuánto menos es curioso. Las obras que logran colarse en el circuito internacional ganan una especie de superpoder simbólico. Bourdieu (1984) ya lo decía en los 80: lo que importa no es tanto el objeto en sí, sino toda la red de contactos y validaciones que lo respaldan. Si una obra se queda estancada en su pequeño círculo local, pues... digamos que sus posibilidades de trascender son bastante limitadas.

No olvidemos que en el mundillo actual del arte, todo está interconectado de formas bastante locas. Imagínate: una instalación site-specific para São Paulo puede acabar inspirando movidas artísticas en Oslo - así, sin más. Y para eso nacieron las Bienales, esos eventos de networking a lo bestia, donde el arte local se cuela en las conversaciones globales, creando choques culturales que, sorprendentemente, suelen dar resultados interesantes (Belting, 2013).

Claro, este constante movimiento tiene sus cosas malas (por Dios!). Existe el riesgo de que todo acabe pareciendo lo mismo, como si el arte pasara por la minipimer globalizadora, pero los más listos juegan precisamente con eso, actuando como una especie de contrabandistas culturales que cuelan sus críticas en los huecos del sistema. Por otro lado, tenemos todo el tema digital, que le ha metido el nitro a todas estas dinámicas. Las obras ahora viajan como información, mutando y recombinándose en tiempo real, y el archivo, como dice Foster (2004), se ha convertido en el nuevo terreno de juego creativo, donde los límites entre original y la copia estan directamente difuminados, por no decir desaparecidos.

Lo importante ya no es si el arte debe moverse o no - eso es inevitable - sino cómo gestionamos esta selva. ¿Qué se pierde por el camino? ¿Quién maneja los hilos? Al final, los artistas han aprendido a surfear estas contradicciones, usando el sistema mientras lo cuestionan (García Canclini, 2010).

En resumen, si tu obra no entra aquí, lo tienes jodido. El sistema premia más la capacidad de resonar que la de quedarse quieto. El arte que sobrevive es el que sabe moverse, adaptarse y contaminar otros contextos, creando cortocircuitos entre mundos aparentemente desconectados.


Texto por Suso B

Foto por Baker Warmath de la obra "Love's Paradox" de Damien Hirst


Referencias

Belting, H. (2013). "The Global Contemporary and the Rise of New Art Worlds". MIT Press.

Bourdieu, P. (1984). "La distinción: Criterio y bases sociales del gusto". Taurus.

Foster, H. (2004). "El impulso de archivo". Revista Nimio.

García Canclini, N. (2010). "La sociedad sin relato: Antropología y estética de la inminencia". Katz Editores.

Rancière, J. (2010). "El espectador emancipado". Editorial Manantial.

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