El arte se ha convertido en un animal herido que agoniza por los pasillos de un mercado que dice que lo va a salvar. Y no deja de ser una ironía que los nuevos apóstoles de la inversión cultural susurren sus consejos al oído de cualquiera que le sobre un poco en la cuenta corriente. Ya me entendéis. Enciendo un podcast y allí están: dos tipos con una presentación impecable, cruzando las piernas en un sillón de diseño y una seguridad sobreactuada, explicándote con toda la autoridad del mundo las ventajas de meter dinero en un cuadro como quien recomienda un fondo indexado. Dicen que eso es "entrar en el arte" . Wow. Contratas a un enchaquetado, a un asesor financiero reconvertido a art advisor para que te diga qué te conviene colgar en el salón. Eso sin duda es una promesa casi tan seductora como vulgar: cuando te aburras de tener colgado ese trasto ahí, lo revendes por un poco más. Lo apar...
Esta mañana el despertador no sonó. Lo miré y quedaba media hora aún. Llevaba diez minutos despierto, mirando al techo, haciendo el mismo cálculo de siempre: dormí poco. Quizás no lo suficiente, pero tendrá que serlo. El cuerpo pesa. Pesan las horas de ayer, pesan las conversaciones que nunca llegaron, pesa ese mensaje que no enviaste porque sabes que no obtendrías respuesta. Antes de poner un pie en el suelo, ya estoy en desventaja. Pero los pies tocan el suelo. Siempre lo hacen. La casa estaba en silencio. Es el único momento del día en que el mundo me pertenece, aunque sea un mundo pequeño y oscuro. Caminé de puntillas para no despertar a nadie, pero en el fondo sé que no hay nadie a quien despertar. Estoy solo en esta pelea. Y en la penumbra de la cocina, mientras el café se hacía, me pregunté: "¿Para qué?". Pero no tuve tiempo para responder. El reloj corre. Siempre corre. Sólo puedo escuchar el aporreo de las teclas en el portátil a toda velocidad. Hoy va a ser u...