Esta mañana el despertador no sonó. Lo miré y quedaba media hora aún. Llevaba diez minutos despierto, mirando al techo, haciendo el mismo cálculo de siempre: dormí poco. Quizás no lo suficiente, pero tendrá que serlo. El cuerpo pesa. Pesan las horas de ayer, pesan las conversaciones que nunca llegaron, pesa ese mensaje que no enviaste porque sabes que no obtendrías respuesta. Antes de poner un pie en el suelo, ya estoy en desventaja. Pero los pies tocan el suelo. Siempre lo hacen.
La casa estaba en silencio. Es el único momento del día en que el mundo me pertenece, aunque sea un mundo pequeño y oscuro. Caminé de puntillas para no despertar a nadie, pero en el fondo sé que no hay nadie a quien despertar. Estoy solo en esta pelea. Y en la penumbra de la cocina, mientras el café se hacía, me pregunté: "¿Para qué?". Pero no tuve tiempo para responder. El reloj corre. Siempre corre. Sólo puedo escuchar el aporreo de las teclas en el portátil a toda velocidad.
Hoy va
a ser un día difícil. No por el trabajo, que también. Hay un problema ahí
fuera, algo ajeno a mí que se ha instalado en mi cabeza. Una preocupación que
no pedí, una losa que no me corresponde, pero que está ahí. Me duele la
mandíbula de apretar los dientes. Estoy desmotivado...bueno, no es
desmotivación...es un cansancio que transciende lo físico.
Pero hay algo más fuerte que eso.
Es la promesa que me hice a mí mismo hace mucho tiempo. Esa que nadie escuchó porque creo que sólo la pensé. Da igual cómo amanezcas, da igual quién te ignore, da igual que nadie aplauda. Sigue.
Y es que a lo largo del día, nadie verá las horas. Nadie verá las veces que borré lo que escribí, las veces que empecé de nuevo, las llamadas que no recibí, los ánimos que no tuve, y si hay alguien, sabes quién es. Trabajo en silencio. No por orgullo, sino porque esta batalla es solo mía. Explicarla llevaría demasiado tiempo y me robaría la energía que necesito para ganarla. Habrá momentos, en los que solo escuche la duda. Me dirá que ya vale, que esto es una locura, que si nadie cree en ti, quizá es porque no hay razones para hacerlo. Pero entonces recuerdo el despertador que quité antes de que sonara. Recuerdo el frío del suelo. Recuerdo el café solo. Y entiendo que todo ese silencio, toda esa soledad, todo ese esfuerzo que nadie ve, es el hormigón con el que se construyen los sueños.
Lo que
más duele en realidad no es el cansancio, no la soledad, ni los problemas...porque se
resolverán. Es como te miran los demás cuando hablas de esto. Esa inclinación
de cabeza, una mirada nerviosa a la hora en el móvil, ese "qué bonito,
pero..." que nunca llegan a decir pero que se les nota en los ojos.
Voy
contrarreloj, sí. Pero el reloj solo mide el tiempo que me queda, no la
determinación que tengo. Así que a por ello. Un paso más. Una hora más. Un día
más. Sin testigos, sin apoyo, con el peso de todo a cuestas. Al final del
camino, cuando mire atrás, no recordaré el agotamiento.
Porque
lo vamos a conseguir. Yo sé que tú también.
Solos, pero juntos en esta misma lucha. Lo vamos a conseguir.

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