El arte se ha convertido en un animal herido que agoniza por los pasillos de un mercado que dice que lo va a salvar. Y no deja de ser una ironía que los nuevos apóstoles de la inversión cultural susurren sus consejos al oído de cualquiera que le sobre un poco en la cuenta corriente. Ya me entendéis.
Enciendo un podcast y allí están: dos tipos con una presentación impecable, cruzando las piernas en un sillón de diseño y una seguridad sobreactuada, explicándote con toda la autoridad del mundo las ventajas de meter dinero en un cuadro como quien recomienda un fondo indexado.
Dicen que eso es "entrar en el arte". Wow.
Contratas a un enchaquetado, a un asesor financiero reconvertido a art advisor para que te diga qué te conviene colgar en el salón. Eso sin duda es una promesa casi tan seductora como vulgar: cuando te aburras de tener colgado ese trasto ahí, lo revendes por un poco más. Lo aparcas en la pared con la promesa de que con suerte, eso se revalorizará. Y de mientras pues puedes simular un estatus y una elegancia que es completamente artificial pero que los demás no saben.
Lo peor no es que existan estos estrategas económicos que hablan más de cotizaciones que de pintura. Al final sólo los he visto en Instagram. Es que hablan de arte y siempre lo dejan en el peor lugar, en el último. Manchado, empequeñecido, convertido en una anécdota dentro de su propia historia. Y así no se crean compradores. Más bien crean una especie nueva, un híbrido extraño de especulador con buen gusto prestado.
El gusto cada vez existe menos y lo tiene menos gente. Ahora se subcontrata. Alguien, en algún despacho, ha decidido que esa obra es cool. El autor, obviamente, es el próximo mesías. Lo dicen bajando la voz, como contando un chivatazo bursátil. Y tú asientes, compras, y no vuelves a oír ese nombre jamás, porque se lo traga el algoritmo.
Simplemente, la especulación se disfraza de sensibilidad. Ese que compra no se ensucia las manos con la duda. No se detiene frente a una pieza con el ceño fruncido, sin saber si le gusta o le está rozando una fibra que desconocía. No. Él ya sabe lo que vale. Lo que vale en euros. Y eso, en el fondo, le alivia. Le libra del trabajo sucio de sentir.
Haciendo esto, estamos invitando activamente a agentes pasivos a poblar el mundo del arte. Por una parte bien, pero es gente que no arriesga, que no propone, que no se implica. Gente que solo se sienta a esperar que el arte haga su magia. Y así, sin darnos cuenta, el público se evapora. Cada vez queda menos público, menos mirada inocente, menos que se plantan delante de una obra sin esperar nada a cambio. Porque ahora todo el mundo es creador, o coleccionista, o inversor. Todos quieren estar dentro del cuadro. Nadie quiere, simplemente, mirarlo.
Y mirar… qué antigua palabra. Pues era lo único que nos pedía el arte.
Cualquiera diría que exagero. Que siempre hubo marchantes, ferias, compraventas basadas en estrategias financieras. Y es cierto. Pero lo de ahora tiene un matiz distinto, una especie de frivolidad metódica que antes no existía. Antes el especulador, al menos, tenía que aprender ciertos códigos. Sudar un poco. Ahora basta con suscribirse a un par de newsletters específicas. Esa es la trampa en realidad. Nos han vendido que democratizar el acceso al arte significa convertirlo en un producto más, y nosotros, hemos aplaudido. No pasa nada. Pero una sociedad que no sabe mirar, que solo sabe acumular, está condenada a una ceguera voluntaria. Lo triste es que ya ni siquiera somos conscientes de lo que hemos dejado de ver.
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