La 61ª edición de la Bienal de Venecia es un campo de ruinas y ha estado cerquísima de ser su tumba. Dimisiones. Boicots. Pabellones cerrados. Artistas que se borran. Países que se esfuman del mapa oficial. Financiación europea congelada. Protestas. Y una huelga que no había ocurrido en siglo y medio de historia. Por mucho que me la quieran vender de manera amable mediante posts, se nota que la gran olimpiada del arte se exhibe ahora como el cadáver de sí misma. Normal. Son noventa años de soberanía vendidos por cuarenta millones de euros, que pereza.
La razón por la que hablo de esto no es el dinero, eso sería demasiado previsible y aburrido por mi parte. Después de examinar todas las propuestas y con la cabeza fría me he dado cuenta de algo: la manera de hacer las cosas. Yo creo que está clarísimo: la privatización de lo artístico y cultural nunca se va a presentar vestida de saqueo, más bien llega disfrazada de progreso, con vocabulario inclusivo, museística impecable y una mediación cultural tan pulida que elimina cualquier sospecha. Obviamente están los mejores profesionales del sector a nivel mundial, y son verdaderamente inteligentes con esto. ¿El resultado? El estado se muestra lento, censurador y atrapado en sus propias contradicciones, mientras que el capital privado se mueve ágil, cosmopolita, empático. No prohíbe. Come y vomita sin digerir. Convierte la herida en programa, la protesta en marca y la memoria colectiva en símbolo…todo ello bajo el brazo de los curadores más respetados del momento, que con su sola firma inmunizan el saqueo ante cualquier acusación de oportunismo; así funciona esta trituradora de dinero.
La Bienal queda así partida en dos mitades que ya no se tocan. Por un lado, una base artística, laboral y militante que reclama responsabilidad material, que se niega a compartir escenario con estados acusados de atrocidades y que entiende la cultura como un campo minado, no como un jardín. Del otro, lo corporativo, que hace gárgaras con las crisis y las escupe luego convertidas en experiencia estética. En medio, diplomacia cultural se deshilacha en silencio. A nadie le importa. Porque eso ya no existe.
Conviene decirlo claro: Venecia 2026 no hace aguas por todos lados porque la política haya contaminado el arte, no. Al final la política contamina muchísimos aspectos en nuestra vida cotidiana, y el arte es el medio más potente para la protesta, así que eso no es excusa. Naufraga porque el arte institucional lleva décadas simulando que gestiona la política sin ensuciarse las manos. El turismo cultural masivo que va a matar a la ciudad de Venecia y la sospechosa neutralidad política del certamen son piezas del mismo engranaje. Esta edición no lo rompe. Lo deja a la vista de todos más que nunca.
Por eso la 61ª edición se recordará no por los pabellones, sino por lo que interrumpe el recorrido, que es casi un culebrón: Un jurado que dimite en bloque, negociaciones secretas con Moscú, Irán borrado de la cartografía oficial, Israel como nodo central del boicot, el Líbano intervenido bajo sospecha, trabajadores que paran la cadena, colectivos que se organizan al margen…Lo nunca visto, es de traca.
La Bienal no ha terminado. Quedan meses por delante. Pero hay algo que ya no se puede ocultar. La institución ha perdido toda autoridad moral porque se ha vendido al mejor postor…y lo de la neutralidad ya no cuela en los tiempos que corren. Lo que está en juego estos meses no es una moda artística ni el discurso de un comisario hypeado. Es algo mucho más grande: quién decide lo que llamamos cultura global. Se decidirá si la define la gente organizada que quiere parar esta sangría mercantilista del arte, o la capacidad infinita del capital para engullirlo todo sin ni siquiera despeinarse. En Venecia, los problemas ya no se pueden esconder bajo la alfombra. El conflicto no está fuera de la exposición, porque es la exposición. Es el único programa que hay.
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